EL REINO, Emmanuel Carrère

Cuando empecé a leer El Reino me introduje paulatinamente  más adentro, no de la imagen de lo que narraba, sino de un Carrére escribiendo en su estudio de Paris, con una risa maquiavélica, con su precioso y enorme ego (el cual disfruto de notar al leer) tratando de llevarme por la historia como quiere él.  El libro me llevaba hacia ÉL, no siendo una historia de la biblia como trata de vendernos, sino una historia de Carrère (principal) conociendo la biblia (secundario).

Pronostica a diestro y siniestro que ya dejó atrás la creencia, como una lacra de su pasado, como un recuerdo infantil de cuando creías que tus padres eran invencibles, una nostalgia mezclada con inocencia.

Veo a Carrére contándonos las historias de San Pablo, de Lucas, a la vez que lo entremezcla en una hilarante descripción de la masturbación y su gusto por la pornografía, de historias con sus mujeres. Pero lo que me imagino es a Carrére gustándose por mezclarlo, a Carrére queriéndonos llevar a su terreno; este terreno al final es él mismo, escribiendo en busca de esa ruta por donde nos va llevar. Sí, hay un trabajo detrás, una búsqueda, documentación y análisis histórico, pero el mejor personaje, con quién la novela más; es él, el propio autor. Quizás es por eso que en la parte final del libro se me hizo un poco más lento, allí donde se aleja de él mismo y de Pablo, y pasa a narrar la historia de Lucas el libro pierde una marcha.

Al leer El Adversario tuve la misma sensación y es lo que me encanta de Carrére, es transparente  en sus escritos (o si no, me engaña fantásticamente, lo cual me parecería igualmente genial) generando un viaje en dos planos, que se cruzan y saltan; él suyo y el “histórico”. Habla sobre sus temores, su creación,  su existencia…. Y a su vez nos habla de estas historias bíblicas, y la verdad, no estoy seguro de que hace en excusa de que. Todo va mezclado con profundidad y sarcasmo que me  hacen tener la foto de Carrére riéndose de mí, gobernando mi lectura.

Pero haciendo un análisis terrenal, Carrére convierte el inicio de la cristiandad en una historia “creíble”, la desmitifica para acercarla a la historia (o su historia)  a la vez que mantiene los textos sagrados como base. Lo potente es que aún usando a estos, logra darle un toque de aventuras no místicas, de realidad; de que el misticismo fue un añadido, un adorno a unas palabras. En cierta manera logra agnostificar esa historia (y si, no digo ateizar), dándole el toque Carrére que me hizo tratar de comprender a Jean-Luc Roman.

Supongo que por alusiones en su propio libro (y recomendaciones varias) me tocará leer Una novela rusa.

Me ha encantado el Reino, pero si me quedo con algo, sobre todo. No sé si decir, puede ser un insulto para él mismo, pero compraré su siguiente libro sin leer siquiera el argumento, lo compraré por querer encontrarme de nuevo con Emmanuel Carrére.

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