Suicidio de un soñador, de Bertran Salvador (Premio relato UPF 2015)

Suicidio de un soñador

            Me mudé al carrer Tallers disfrazado del famoso hidalgo: un poco enloquecido por la literatura, un poco deseoso de vivir aventuras idealizadas. La señora Carmen me recibió con la tendencia barcelonesa a robar tonicidad a las vocales, sin mirarme apenas y sin ganas, como si pudiese permitirse escoger a sus clientes. No podía, o así lo parecía cada vez que hablaba de les factures. Tu habitació es la primera a la derecha, es paga religiosamente el primer día de mes, si no porta, ladró mezcla de un castellano andaluz y un catalán centralista. Asentí y cogí las llaves, y para ser la primera a la derecha era perfecta, un camastro desvencijado, una ventana que daba a la suciedad de la calle y una mesa de esas que llevan tiempo soportando al tiempo. Allí dejé las tres páginas interminables que me había escrito la dulce Lucía antes de marcharme. Ni terminé de leerlas. Seguro que acabarían con un te quiero, o te querré, o te recordaré, o no me olvides.

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El escarabajo de piedra

Trajiste el escarabajo de piedra de Egipto porque yo te lo pedí. Sería mi regalo de cumpleaños, ya era mayor, cinco años. Lo debí ver en una de esas películas tan pasadas de moda donde las pirámides y la arena son un mundo remoto y el recuerdo parece todo cuanto queda. Y a veces ni eso.

Me dijeron que pronto no serías consciente, que ya no recuerdas, que apenas ves, o si ves no asocias, pero aquí está, ya resquebrajado, el tiempo no pasa en balde ni siquiera para la piedra, o quizás la torpeza infantil siga grabada en ella, cuando se me cayó en Navidades, cuando quise escribir nuestros nombres. Peo ahora este escarabajo está vacío, pizarra agrietada condenada al trastero. Fuiste la pirámide de Egipto, el escarabjo de piedra, el padre. Pero ya no existe Egipto, el escarabajo está agrietado y yo soy madre, tú más abuelo que padre, o quizás ni abuelo ya, qué desgracia que el niño sea tan pequeño para no recordarte.

Y a pesar de todo, aunque el olvido perdurará al final, yo recordaré el padre que fuiste, el escarabajo de piedra, porque tu memoria flaquea y tus recuerdos se borran, pero los míos aún viven, y mientras vivan tú vivirás, mi efímero regalo, y vivirá también el escarabajo de piedra. Porque tú no ves, o ves pero no sabes, pero yo veo y sé, nuestro escarabajo, el que enterramos en el jardín para que mamá no lo tirase, el que intentamos pintar cuando quise ser artista, el que te escondí en la americana en tantas reuniones para que te diese suerte, el que ponías cada noche encima de la mesita para que espantase los fantasmas, el que trajiste a ver mi obra de teatro, el que me llevé a mi nueva casa para pensar en ti un poco cada día; él tan silencioso, resguardado entre telas o armarios pero siempre atento. El que te traje cuando entraste aquí, y esta vez no vino de Egipto, pero sí de un país de recuerdos, estos más lejanos si cabe. El que se despierta contigo cada mañana, al que miras nada más despertarte. Dicen que no ves, no sabes, yo digo sí ves, sí sabes, y aunque a menudo no recuerdes el escarabajo, a veces te veo sonreír desde más allá de Egipto.

Huyendo

Nunca entendí cómo logró huir. Sus cadenas eran pesadas: la culpabilidad y mi deseo de venganza, y la justicia que amparaba mi cometido, una justicia que por una vez era universal, él se sabía infractor, y me sabía corrector. Pero desapareció el día de la condena, el día del veredicto. Fui a encontrarle a la plazoleta del pueblo, donde practicaba su magia de charlatán. Esperaba fuego, esperaba rayos y mendigos volando, a él desapareciendo entre humo para reaparecer. Pero allí no había nadie, ni siquiera el escenario de madera donde vi morir a mi mujer en su truco final.

Seguí su rastro turbio, cómo dificultaba mi persecución, pero no lo suficiente para que le perdiese la pista, como si ser consciente de su crimen le hiciese buscar el castigo, aunque lo temiese.

Al fin di con él, estaba en mi hogar, sentado en mi silla, escribiendo esta confesión antes que la soga se cerrase en mi cuello.

De piedra

¿Dónde estoy? No veo, no oigo, no huelo. ¿Qué es ver? El agua me hace cosquillas, se escuela entre el feldespato y la mica. ¡Qué placentero! El viento acuna mi sueño, suave, imperceptible, pero persistente. Siento como si se me cerrasen los ojos, mas no tengo ojos, ni tan solo el recuerdo de ellos, solo la palabra… Zircón, apatito. Se encierra el cuarzo, se retuerce ante el peso del mundo, y sueño, todo son sueños; una bruma de pizarras vacías. Ya no recuerdo la palabra. Aspereza, desidia, inanición. Mármol blanco besado por la oscuridad. La consciencia -¿consciencia?- muerta a pedregadas; el gris ocupa el color; la vida es la nada. Todo se desvanece… basalto… no recuerdo… carbón… el sonido, el tacto… granito… he olvidado el sentir… loza… solo… solo me queda el recuerdo del… estaño, aluminio. Ya nada. Solo recuerdo el recordar; y solo puedo recordar la pregunta. ¿Viví? Caliza. Y… roca, roca, Roca.

El tronador estalla entre cracistos; metal o hierro rocratón entre prondas, un hombre cuarzorea la micazón; entre rocatres escribe unas vetas de oro: al recuerdo de un poeta muerto en vida.

(Relato recogido en la antología “UNO MÁS Y LO DEJO”, que puede conseguirse aquí).