Suicidio de un soñador, de Bertran Salvador (Premio relato UPF 2015)

Suicidio de un soñador

            Me mudé al carrer Tallers disfrazado del famoso hidalgo: un poco enloquecido por la literatura, un poco deseoso de vivir aventuras idealizadas. La señora Carmen me recibió con la tendencia barcelonesa a robar tonicidad a las vocales, sin mirarme apenas y sin ganas, como si pudiese permitirse escoger a sus clientes. No podía, o así lo parecía cada vez que hablaba de les factures. Tu habitació es la primera a la derecha, es paga religiosamente el primer día de mes, si no porta, ladró mezcla de un castellano andaluz y un catalán centralista. Asentí y cogí las llaves, y para ser la primera a la derecha era perfecta, un camastro desvencijado, una ventana que daba a la suciedad de la calle y una mesa de esas que llevan tiempo soportando al tiempo. Allí dejé las tres páginas interminables que me había escrito la dulce Lucía antes de marcharme. Ni terminé de leerlas. Seguro que acabarían con un te quiero, o te querré, o te recordaré, o no me olvides.

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UNO MÁS Y LO DEJO – Antología de 50 relatos cortos

Aprovechando el Día del Libro, ayer se publicó la propuesta narrativa “UNO MÁS Y LO DEJO”, una antología donde se recogen los mejores relatos cortos que ha dado la comunidad literaria Libro de a Bordo.

Citando  la muy buena introducción de Irene Cisneros: “Esta no es una antología temática. Al  menos,no en un sentido estricto. Gran parte de  su encanto reside, pricsamente, en no saber con qué vas a encontrarte al empezar cada lectura: de un Big Bang gastronómico a un complot vírico; una tierra extraña donde nevadas se suceden en bucle frente al mundo  que recrea un niño en los ramajes de un árbol. Un futuro distópico cuyo  protagonista lucha contra sus propios genes para seguir  viviendo. El final del viaje, el otoño del rey Arturo”.

En estas pocas líneas ya se nos presentan algunos de los relatos que conforman esa fantástica antología, una pequeña dosis  de entretenimiento y buena literatura, pensada para esos momentos de espera.

Tal como se describe el libro en Amazon: “[…]cincuenta pequeñas historias con las que despachar esas incómodas pausas que se te pasan revisando el correo, mirando twitter o empezando a leer artículos que siempre dejas a medias. Ya puedes dejar de leer descripciones de libros que no vas a comprar: si has llegado hasta aquí, esto es justo lo que estabas buscando.”

Para adquirir el libro on-line: http://www.amazon.es/UNO-M%C3%81S-LO-DEJO-RELATOS-ebook/dp/B00WJ1FJO0/ref=zg_bs_1349671031_5

Las Piedras – Guillem Santacruz Gómez

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Las piedras, de Guillem Santacruz, es un primer paso hacia una nueva poesía. Parte de un sentimiento universal pero individualizado: el desamor, la incomprensión, un cementerio de piedras que constituyen el lecho de un río de consciencias. Las primeras piedras, en Mujer(es), hasta las últimas en Construcción y posterior destrucción de una pirámide, constituyen el sendero circular que nos llevará hasta la segunda parte. En este primer sendero se nos introducen, usando un verso que no busca la rima y muy narrativo, rozando la prosa, los conceptos sobre los que girará la segunda parte y que se nos muestran remarcados, individualizados por las mayúsculas: UNIVERSO, PLANETA, ESTRELLA, NOSOTROS.

Otros conceptos irán apareciendo, como el de la libertad, aunque más subrepticiamente, en una confesión que nos hace el autor: en el amor no hay libertad, cada piedra del caminio (cada amor perdido) es una cadena a la libertad, porque, ¿acaso no cabe nuestra libertad en la sonrisa del amado? Estas reflexiones van a ir llenando la primera parte, donde se nos muestra la mujer como un reto, un elemento ajeno y desgarrador para el autor, una necesidad insondable pero raramente saciada. Así nos encontramos con “Para ser del todo antes he de ser destruido”, donde la mujer quema y tatua su dolor en el cuerpo del artista (universo, planeta, estrella, nosotros), o “Piedras, piedras y más piedras”, donde entre referencias a Bolaño se nos habla de un tajo sangrante en las manos causado por una piedra.

Y siguiendo esa estela llegamos a Poema sin demasiada importancia, poema largo, de versos narrativos, que hace un recorrido por los diferentes símbolos mencionados con anterioridad, siendo también un punto de inflexión, una completa autocrítica (detestado porque solo sé hablar de piedras y otra vez de ti) y una fusión completa, más allá de las metáforas, con la realidad. Además, sirve de perfecto resumen y prefacio a Pirámide, que dará por muerto al artista y nos llevará a la segunda parte, la investigación sobre las piedras, la reflexión metaliteraria sobre la propia obra.

Entramos en la segunda parte con una aclaración, una costumbre que recuerda a Parra y sus advertencias. El artista ha muerto, el vínculo con la realidad es patente, palpable, no se escatima en relaciones directas, incluso se proponen nombres. También se nos presenta la acción, una accioón directa y definida, no como en la primera parte donde el sendero discurre en circunferencias alrededor de un motivo común. Aquí tenemos a un detective, que entre poemas, testimonios y detalles deberá entender qué sucedió al poeta muerto entre el magma que arrasó la pirámide formada por las piedras del río. Irá a la zaga de los símbolos ya explicados con antelación, las mayúsculas que rodean al artista, el tatuaje a fuego de esas palabras, la distribución de las piedras, el tesitmonio del comisario y el astrólogo, la enfermedad del archipiélago. Todo gana cuerpo y enteros, siempre hablamos de la misma C., de lugares reales, de hechos que se nos antojan terriblemente palpables. Es, por lo tanto, una apuesta clara y arriesgada, un intento de poetizar una investigación policial, una dinamización de la poesía, quizás una renovación hacia un género híbrido entre poesía y prosa. Los diálogos entre testimonio y detective discurren en una normalidad poco poética, aunque abundan los símbolos y las metáforas, y las imágenes poderosas, que acaban culminando con la resolución del caso, que dejaremos al lector intrépido.

Así, Las piedras  es un poemario, pero que explica una historia para el que quiera rebuscar entre los símbolos, que usa recursos poéticos, pero también prosaicos, incluso su organización argumental y temporal se asemeja al de una novela corta. Tal vez sea la primera piedra para construir un nuevo concepto de poesía.

El escarabajo de piedra

Trajiste el escarabajo de piedra de Egipto porque yo te lo pedí. Sería mi regalo de cumpleaños, ya era mayor, cinco años. Lo debí ver en una de esas películas tan pasadas de moda donde las pirámides y la arena son un mundo remoto y el recuerdo parece todo cuanto queda. Y a veces ni eso.

Me dijeron que pronto no serías consciente, que ya no recuerdas, que apenas ves, o si ves no asocias, pero aquí está, ya resquebrajado, el tiempo no pasa en balde ni siquiera para la piedra, o quizás la torpeza infantil siga grabada en ella, cuando se me cayó en Navidades, cuando quise escribir nuestros nombres. Peo ahora este escarabajo está vacío, pizarra agrietada condenada al trastero. Fuiste la pirámide de Egipto, el escarabjo de piedra, el padre. Pero ya no existe Egipto, el escarabajo está agrietado y yo soy madre, tú más abuelo que padre, o quizás ni abuelo ya, qué desgracia que el niño sea tan pequeño para no recordarte.

Y a pesar de todo, aunque el olvido perdurará al final, yo recordaré el padre que fuiste, el escarabajo de piedra, porque tu memoria flaquea y tus recuerdos se borran, pero los míos aún viven, y mientras vivan tú vivirás, mi efímero regalo, y vivirá también el escarabajo de piedra. Porque tú no ves, o ves pero no sabes, pero yo veo y sé, nuestro escarabajo, el que enterramos en el jardín para que mamá no lo tirase, el que intentamos pintar cuando quise ser artista, el que te escondí en la americana en tantas reuniones para que te diese suerte, el que ponías cada noche encima de la mesita para que espantase los fantasmas, el que trajiste a ver mi obra de teatro, el que me llevé a mi nueva casa para pensar en ti un poco cada día; él tan silencioso, resguardado entre telas o armarios pero siempre atento. El que te traje cuando entraste aquí, y esta vez no vino de Egipto, pero sí de un país de recuerdos, estos más lejanos si cabe. El que se despierta contigo cada mañana, al que miras nada más despertarte. Dicen que no ves, no sabes, yo digo sí ves, sí sabes, y aunque a menudo no recuerdes el escarabajo, a veces te veo sonreír desde más allá de Egipto.

Huyendo

Nunca entendí cómo logró huir. Sus cadenas eran pesadas: la culpabilidad y mi deseo de venganza, y la justicia que amparaba mi cometido, una justicia que por una vez era universal, él se sabía infractor, y me sabía corrector. Pero desapareció el día de la condena, el día del veredicto. Fui a encontrarle a la plazoleta del pueblo, donde practicaba su magia de charlatán. Esperaba fuego, esperaba rayos y mendigos volando, a él desapareciendo entre humo para reaparecer. Pero allí no había nadie, ni siquiera el escenario de madera donde vi morir a mi mujer en su truco final.

Seguí su rastro turbio, cómo dificultaba mi persecución, pero no lo suficiente para que le perdiese la pista, como si ser consciente de su crimen le hiciese buscar el castigo, aunque lo temiese.

Al fin di con él, estaba en mi hogar, sentado en mi silla, escribiendo esta confesión antes que la soga se cerrase en mi cuello.

De piedra

¿Dónde estoy? No veo, no oigo, no huelo. ¿Qué es ver? El agua me hace cosquillas, se escuela entre el feldespato y la mica. ¡Qué placentero! El viento acuna mi sueño, suave, imperceptible, pero persistente. Siento como si se me cerrasen los ojos, mas no tengo ojos, ni tan solo el recuerdo de ellos, solo la palabra… Zircón, apatito. Se encierra el cuarzo, se retuerce ante el peso del mundo, y sueño, todo son sueños; una bruma de pizarras vacías. Ya no recuerdo la palabra. Aspereza, desidia, inanición. Mármol blanco besado por la oscuridad. La consciencia -¿consciencia?- muerta a pedregadas; el gris ocupa el color; la vida es la nada. Todo se desvanece… basalto… no recuerdo… carbón… el sonido, el tacto… granito… he olvidado el sentir… loza… solo… solo me queda el recuerdo del… estaño, aluminio. Ya nada. Solo recuerdo el recordar; y solo puedo recordar la pregunta. ¿Viví? Caliza. Y… roca, roca, Roca.

El tronador estalla entre cracistos; metal o hierro rocratón entre prondas, un hombre cuarzorea la micazón; entre rocatres escribe unas vetas de oro: al recuerdo de un poeta muerto en vida.

(Relato recogido en la antología “UNO MÁS Y LO DEJO”, que puede conseguirse aquí).