Suicidio de un soñador, de Bertran Salvador (Premio relato UPF 2015)

Suicidio de un soñador

            Me mudé al carrer Tallers disfrazado del famoso hidalgo: un poco enloquecido por la literatura, un poco deseoso de vivir aventuras idealizadas. La señora Carmen me recibió con la tendencia barcelonesa a robar tonicidad a las vocales, sin mirarme apenas y sin ganas, como si pudiese permitirse escoger a sus clientes. No podía, o así lo parecía cada vez que hablaba de les factures. Tu habitació es la primera a la derecha, es paga religiosamente el primer día de mes, si no porta, ladró mezcla de un castellano andaluz y un catalán centralista. Asentí y cogí las llaves, y para ser la primera a la derecha era perfecta, un camastro desvencijado, una ventana que daba a la suciedad de la calle y una mesa de esas que llevan tiempo soportando al tiempo. Allí dejé las tres páginas interminables que me había escrito la dulce Lucía antes de marcharme. Ni terminé de leerlas. Seguro que acabarían con un te quiero, o te querré, o te recordaré, o no me olvides.

Empecé a descubrir Barcelona, a sorbitos, como si quemase; el centro primero, y luego fui a la zaga de nuevos descubrimientos, explorador de una selva de piedra, perdiéndome una y otra vez, y aprovechando cada instante para escribir bajo el sol del mediterráneo. Las tardes discurrían entre cafés y libros y depurando lo escrito; mientras las noches las reservaba al famoso bar Boadas, en plena efervescencia cultural y frecuentado por insignes señores barbudos;  aunque yo me quedase en mi silla, observando, sin conocer a nadie, sin ser partícipe de esas sonrisas y esos tejemanejes, siendo totalmente ajeno a la fuerza que allí se gestaba, a esos guiños que valían una publicación. Todo cambiaría cuando publicase mi libro.

Y cuando el último díscolo salía a trompicones del bar, tarumba por lo que allí vendían, yo volvía a dormir, solo, a la pensión de la señora Carmen. Allí estuve un tiempo compartiendo lavabo con un panadero gordo, de habla harinada; y tras él vino un uruguayo, de acento marcado, más joven que yo, que viajaba por Europa, aunque a mí me pareció un estúpido niño de papá que dejó a deber una noche y dio paso al divorciado y a ese nadie le soportaba, menos aún la señora Carmen. Pero pagaba. Ay, mi mujer me quitó todo, ay mi mujer se quedó la casa, ay mi mujer se está follando al banquero. Un día hubo mucho silencio en mi planta, y mientras comíamos con la señora Carmen comentábamos que quizás habría que llamar a la policía, que quizás había reunido valor para hacer aquello con lo que Harry Haller solo fantaseaba. Pero apareció a desayunar y fue cuando la señora Carmen lo echó. La puta fue de lejos la peor, una muchachita de ojos sonrientemente tristes, con un español a medio gas –aunque su léxico profesional lo dominaba a la perfección- que cuando no tenía la boca en otros menesteres le doraba la píldora a la señora Carmen. Quise aprender de ella la Barcelona más oscura para dar color a mi libro, pero solo aprehendí unas ladillas antes que se largase dejando la habitación llena de sangre. Íbamos a llamar a la policía cuando nos llamó la puta, todo bien, no os preocupéis, gajes del oficio, adiós. Creo que a nadie le importó demasiado, al menos a mí no me quitó el sueño.

El orden de los siguientes lo he olvidado, quizás argentino, borracho, jesuita, o quizás borracho,  jesuita, argentino. Como fuera, lo que sí recuerdo es que con el borracho acabé mi primera novela. Y me vino como anillo al dedo, porque empezaba a quedarme sin un duro.

Empecé a llevarla a editoriales, y fue en la octava editorial que encontré a Lucía con un vestido de ayer, una melena teñida de un color ya olvidado, esos hoyuelos seductores y sus ojos insinuando, esa sonrisa pícara que lucía aun entre sombras. Aunque era más alta, el vestido amagaba más carnes, los libros que escondía bajo el brazo la hacían parecer más leída. Aun así, no fue hasta que se giró que descubrí a la chica parecida a Lucía.

Esa noche lloré solo, lloré por mi novela, lloré por la chica un poco más alta que Lucía.

A la mañana siguiente no me perdí por Barcelona y fui de nuevo a la octava editorial, burlé a la inexistente secretaria, entré en la sala de espera para esperar encontrar a la chica que se parecía a Lucía. No estaba pero se convirtió en costumbre. La saxofonista me miró raro cuando se lo expliqué una noche cenando con la señora Carmen.

Fue la saxofonista quien me trajo la carta. El sol moría y yo estaba leyendo cuando entró sin llamar, me tiró la carta que acababan de llevar, aguardó como un buitre al acecho, queriendo probar la carne en descomposición de la derrota. Pero el editor de la octava editorial me iba a publicar.  Doscientos ejemplares para empezar y ya veríamos. Invité a la saxofonista al Boadas y desperté a su lado. La saxofonista marchó al día siguiente a Viena y yo me quedé sin saber a quién regalar los ejemplares que me ofreció la octava editorial cuando vino la pensionista, y los regalé a la señora Carmen, a la  pensionista, y  al tío del paro que vino después. Muy buena, chico, sigue así, serás todo un Cervantes. Ninguno se lo leyó. Ideé un juego, que empecé a practicar en mis paseos matutinos: adivinar quién sería uno de los doscientos lectores. Para cuando el tío del paro se hubo ido ya tenía ciento-noventa y nueve casi seguros: la jovenzuela del café que no dormía por las noches; el quiosquero de manos de tinta; el músico callejero que tocaba los Beatles; el banquero que se follaba a la mujer del divorciado. El último lo debía haber comprado la chica que se parecía a Lucía, que seguía escondiéndose en un mundo paralelo a la octava editorial.

La hija de la señora Carmen se quedó con la pensión, vendió todas las habitaciones, como si le recordasen un pasado triste, menos las del primer piso: una para ella, una para mí. ¡Tanto le había hablado la señora Carmen de su inquilino el escritor! Yo creo que había publicado ya mi tercer librito, con más pena que gloria. Este es más entretenido, me dijo la hija de la señora Carmen, pero, ¿por qué el detective no ha encontrado a la chica al final? ¿Dónde estaba? Es la gracia del libro, le mentí para no decirle que yo qué coño sabía dónde estaba la chica parecida a Lucía. Y esa noche no aparecí por la pensión, enfundado en mi alter ego detectivesco intenté dar con la chica parecida a Lucía, en una huida alocada para escapar del sueño.

Para cuando la hija de la señora Carmen se casó yo ya conocía al colombiano y al madrileño, los escritores en boga de esa Barcelona metamorfoseada; ya no bebía solo en el Boadas. Me despreciaban un poco, pero compartíamos mesa.

La hija de la hija de la señora Carmen me echó de la pensión. Para ser justos fue la hija de la señora Carmen al quedarse embarazada. Ahora necesitaremos más espacio para los tres. Y así, en unos pocos meses, se acabó mi vida en la pensión de la señora Carmen.

El editor me preguntaba cuándo iba a sacar un nuevo libro; me reí para no responderle que desde que había sido concebida la hija de la hija de la señora Carmen no había vuelto a escribir; me reí para no decirle que desde que había visto a la chica que parecía Lucía había dejado de escribir nada que mereciese ser leído; me reí para no decirle que desde que había dejado de leer la carta de Lucía que no escribía nada realmente bueno; me reí para no decirle que el escritor estaba muriéndose. No le dije nada de aquello, y me despedí. Debía ser sábado, porque había gente y luces y grititos y carcajadas, y olía todo a felicidad que daba un poco de arcadas. Y como si la felicidad ajena atrajese al infeliz acabé formando parte del coro que se estaba congregando a las puertas de una iglesia. Era una boda. Vi el novio allí, un poco mayor pero aún con la fuerza de la juventud en su brazo, sonriendo y sonriendo. La gente chilló y saltó, supuse que la novia también debía salir en ese momento. Entre los brazos de la gente logré verla, esbelta y radiante, literalmente radiante, ese blanco dañaba las retinas. Intuí una melena cobriza entre el blanco, unos ojos vivaces, unos hoyuelos, una figura un pelín más baja y un pelín más estilizada que la chica que se parecía a Lucía.

Vi a Lucía vestida de papel de seda; papel que serviría para que otro hombre escribiese su historia; Lucía sonriendo promesas; Lucía oliendo a felicidad; Lucía y su sabor a esperanza; Lucía en mitad de la nada, bailando en la soledad del desierto, encima de la arena, enloquecida pero sonriendo. Vi a mis hijos, míos y de Lucía, correr por la arena y abrazar a Lucía; y gritaban y empezaban a rodar por las dunas; y todos rodaban y se hundían a cada vuelta un poco más; y finalmente las tragó la arena del desierto de mi soledad. Y no aparecieron más, nunca más; pero apareció un pistolero sin rostro, con su revólver; y me apuntó, pero yo no estaba allí, yo era la arena y el desierto; así que disparó a la arena, mató la arena; y de su cañón brotaron plumas, plumas de águila o de gallina; y las plumas travesaban la arena como cuchillos. Y no paró de apretar el gatillo hasta que ya no quedaron plumas, y entonces miró a la arena, me miró a mí, y le reconocí, reconocí su falta de rostro, reconocí en él alguien que seré algún día. Y desapareció, y Lucía, en algún lugar entre la arena infinita, estaba muerta para mí en su féretro de plumas podridas.

Entonces dejé de ver, solo caminaba, o el mundo se movía y yo me dejaba llevar. A medida que me alejaba de la luz me volvía la visión: borrosas calles se apelotonaban en un frenesí de deseo ajenos; algunos posibles, otros que acabarían enterrados en el cajón del olvido. Y en medio de todos esos deseos y personas: yo, sin nada. Siempre estuve solo, pero ahora no me tenía ni a mí mismo, no tenía mi sueño. Enterré la pluma en la arena junto a mi sueño, y salí desnudo y vacío del desierto dispuesto a encontrar un nuevo sueño mientras a mis espaldas todo moría.

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