Huyendo

Nunca entendí cómo logró huir. Sus cadenas eran pesadas: la culpabilidad y mi deseo de venganza, y la justicia que amparaba mi cometido, una justicia que por una vez era universal, él se sabía infractor, y me sabía corrector. Pero desapareció el día de la condena, el día del veredicto. Fui a encontrarle a la plazoleta del pueblo, donde practicaba su magia de charlatán. Esperaba fuego, esperaba rayos y mendigos volando, a él desapareciendo entre humo para reaparecer. Pero allí no había nadie, ni siquiera el escenario de madera donde vi morir a mi mujer en su truco final.

Seguí su rastro turbio, cómo dificultaba mi persecución, pero no lo suficiente para que le perdiese la pista, como si ser consciente de su crimen le hiciese buscar el castigo, aunque lo temiese.

Al fin di con él, estaba en mi hogar, sentado en mi silla, escribiendo esta confesión antes que la soga se cerrase en mi cuello.

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